
Generalmente, presentar el significado o la etimología de una palabra para comenzar un artículo suele crear una suerte de aura de profunda (certera o no) sapiencia del columnista e importancia en torno a lo que se va a escribir. Bueno… este no es el caso. “Donar: dicho de una persona, traspasar graciosamente a otra algo o el derecho que sobre ello tiene” es el resultado que se obtiene de consultar el diccionario de la Real Academia Española. Y sin embargo, ni siquiera la palabra “graciosamente” (que con simpatía suena en el sentido de gratuidad) parece comunicar una minúscula parte del calor que esta acción comparte. Y el término “don” proveniente del latín “donum: regalo, favor, dádiva, obsequio” tampoco alcanza para abrazar por completo este gran acto de amor. “Donar” encierra un universo en sí mismo donde el acto de “traspasar graciosamente algo” se convierte en pura energía gravitatoria entre corazones.
Quizás esa energía se manifieste a través del llamado de un telemarketer que carga a nuestra tarjeta de crédito una colaboración mensual para una ONG, quizás se manifieste desprendiéndonos de viejos recuerdos acumulados que germinarán en la sonrisa de un niño de una escuelita rural, quizás sea el acto arrojado de donar tiempo para, ladrillo a ladrillo, edificar los cimientos de una biblioteca comunal.
Pequeño, poco, mucho, grande, todo suma, y más si quien “da” es consciente de su “don” y quien “recibe” es consciente de su “gratitud”.
Hagamos un ejercicio: ¿qué puedo donar hoy al mundo? ¿qué puedo donar "a" mi familia o a mis amigos? (¿creías que sólo le podés dedicar amor a desconocidos?) o… ¿qué puedo donar "con" mi familia y mis amigos? (la sinergia del trabajo en equipo) ¿qué pueden estar necesitando otros y que yo tenga (en abundancia o no)?
Existe la, quizás, errónea interpretación de que “donar” es más "noble" cuanto mayor es el desprendimiento y cuanto más sufrido sea ese esfuerzo. Pero como esto no es una competencia de "nobleza", en lo personal, creo que lo importante no es cómo lo hagamos sino que seamos amorosos y sinceros al momento de compartir.
Hay instituciones que tienen interesantes sistemas de logística montados para facilitar tu participación. Por ejemplo:
-¿tenés un montón de ropa que ya no utilizás? El Ejército de Salvación, por ejemplo, pasa por tu domicilio a retirar tu donación,
-¿querés colaborar económicamente con una institución? Hoy es tan simple como poner a Por Los Chicos como tu página de inicio o adherirte por débito automático a CILSA o CARITAS o casi cualquier ONG que puedas encontrar buscando por Internet.
Pero también existen otras realidades donde los recursos son menos accesibles. Mientras dirigía el programa Sobrecamiones + Solidario, junto al equipo de producción, aprendimos que hay instituciones que reciben infinidad de bolsas con ropa, comida, libros… pero que se ven limitadas al distribuirlas porque no cuentan con transporte (el transporte es su cuello de botella). Misiones Rurales es una de ellas. Si tenés un auto, un camión o contactos dentro de una empresa de logística, acá tenés un muy necesario punto a resolver en la cadena de favores a muchísimas organizaciones.
No necesariamente quien recibe debe tener dos patas: hay infinidad de refugios para animales víctimas de abandono o maltratos urgidos por mantitas, estufas, cuchas, medicamentos humanos compatibles con veterinarios, como ProVida o El Campito.
Y si no sabés "cómo" ayudar, pero sabés "dónde" en Rutas Solidarias (un proyecto de la Red Solidaria) tenés un gran buscador para encontrar a quienes pueden estar necesitando saber que hay alguien pensando en ellos, quizás a la vuelta de tu casa.
Ya que hoy la columna la empezamos con la etimología de la palabra "donar" voy a terminarla con las palabras de Mamerto Menapace…
...No tenemos en nuestras manos las soluciones del mundo, pero ante los problemas del mundo, tenemos nuestras manos...